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Opinión-Editorial

No culpes a los corruptos, sólo son trastornados mentales

6 de Abril | 11:48
No culpes a los corruptos, sólo son trastornados mentales
La empatía es la cualidad más valiosa en un ser humano. Si la practicas, podrás ser bueno con la gente, comprensivo, a veces exigente; por regla general, todo para su bien. Una persona que no sepa ponerse en el lugar de los demás siempre mirará su ombligo, y el ego no le dejará comprender el mundo que les rodea. Nunca será alguien que merezca la pena, y si alguna vez actúa bien, será por simple instinto o conveniencia. Por desgracia hay mucha gente que se abre paso en su día a día siendo de esa manera: insensibles máquinas de ejecutar labores; inflexibles; nada benevolentes, movidos por su propio interés y no aprendiendo nada de las circunstancias de los demás.

El problema viene cuando dependes de esa gente, un progenitor, un jefe, o peor aún: un mandatario político. No pretendo excusar a nadie, pero puedo llegar a comprender a un concejal que normalmente mueve papeles, cifras y número de habitantes. No es difícil alienarse en cuanto a que cada numerito o papelito es una persona de carne y hueso, con sus problemas, sus alegrías y sus miserias. Su gente que depende de él, familiares, personas que le quieren, etc. La alienación es el arma más poderosa para crear armas. Si la gente, para ti, deja de ser gente y pasa a ser un trámite burocrático, es más fácil joderles la vida.

El piloto de dron que maneja un aparato desde Fort Rucker, Alabama y deja caer unos cuantos pepinos explosivos en un páramo de Afganistán, está alienado. Entre otras cosas porque no puede mirar cara a cara a sus víctimas. La distancia y el hecho de que sus objetivos sean puntitos marcados con números, o siluetas infrarrojas, se lo pone todo muchísimo más fácil. O el general que mueve muñequitos en un mapa, mandando a sus hombres a una muerte segura; sin tener en cuenta de que los diez centímetros que ha movido en el plano son 400 kilómetros sobre el terreno.

Eso somos para los políticos corruptos: muñequitos en un mapa.

—Si sigue usted robando no podremos construír el hospital. Es necesario en la zona. 200.000 personas quedarán sin asistencia sanitaria de urgencia.

—Ahí va, eso son muchos muñequitos. Pero hay un montón, si se mueren algunos tampoco pasa nada. Además, así cabrán mejor en la caja.

—Pues también es verdad.

No se me ocurre nada más para comprender su causa. La única pega que le veo a todo esto es que la mayoría sí conocen el campo de batalla. Bajan de sus tronos de marfil a hacerse la foto con el populacho. Estrechan manos, ¡tocan a esas personas y las miran a la cara! Inauguran centros sanitarios, polideportivos... muchos están codo a codo con la gente. Van a programas de televisión, entrevistas; conocen el pulso popular, sus preocupaciones y sus miedos, porque están en los medios y tienen informes de todo tipo. Cuando están de campaña se les acerca la gente. Una anciana que lloriquea y le pide por favor que le consiga un trabajo a su hijo, que le han quitado la casa. Un señor enfervorizado que tiene todas sus esperanzas puestas en ellos, y les da una palmada en la espalda: “¡Eres el mejor!”; un chico con síndrome de Down, que convenientemente ha localizado para la foto, que le entrega un dibujo. Un baño de masas. Entonces...

Entonces ¿por qué son tan hijos de puta? Porque tienen un problema mental. Son psicópatas. Psicópatas en grado máximo. Perfectos actores que simulan empatía y sentimientos. Ellos no tienen la culpa, claro. Hay que ayudarlos, comprenderlos y meterlos en un centro en que puedan ayudarlos. En un centro muy caro, de lujo, pagados con nuestros impuestos que ya se engargan ellos de gestionar desde sus cuentas en Suiza. Por favor, no hagáis sangre con estas personas. Las verdaderas víctimas son ellos.

¿Quién si no podría dejar a cientos de miles de ancianos sin pensión para comprarse una casa en Formentera? Está claro, son auténticos psicópatas de manual y nosotros queriendo encarcelarlos. Respetemos a estos grandísimos hijos de la gran puta, cabrones, insensibles de mierda, que ojalá mueran entre horribles sufrimientos y pitidos agudos en el pecho, de los que no te dejan dormir. Y mientras agonizan, que salgan ardiendo sus casa y no haya bomberos para apagarlas, porque de las cinco unidades que había en su ciudad sólo queda una, y justo en ese momento se les ha estropeado el camión porque llevan seis meses sin recibir fondos. Esos fondos están ahora en un chalet de una isla balear; que todavía no se ha quemado, pero ojalá.



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