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Opinión-Editorial

La locura de los cuerdos

21 de Enero | 13:49
La locura de los cuerdos
En situaciones movibles y frágiles como las de ahora es difícil hacer pronósticos. De un día para el siguiente han saltado por los aires algunos esquemas clásicos, cuyas pautas se habían demostrado eficaces al aplicarlas con sentido común. Pero hoy eso no ocurre, quizá porque la sociedad ha infringido algunas leyes cuasi naturales. Sin apercibirse, sin importarle. 

Los esquemas de convivencia han cambiado y el zarandeo está siendo de órdago. La pasada semana, en el autobús, un muchacho sentado le ha ofrecido su sitio a una señora mayor que ha subido al coche, varias paradas después. El hecho no tiene en si mismo una importancia desmedida (salvo para quienes respetamos la educación), incluso habrá quien reniegue de ello, pero la mujer lo agradeció vivamente. Es la primera vez que veo este gesto de respeto a quien lo necesita, en mis ocho años de transporte universitario, desde que volví a la universidad una vez dejada la política, (y voy en autobús prácticamente a diario). 

Tampoco puede decirse que se esté haciendo de un modo tal en las instituciones, que ayude a recalcar la importancia de su crédito o descrédito entre los ciudadanos, en razón de una honorabilidad intachable que sirva de referencia. Ni en lo que respecta al cuidado, sentido o no, pero firme, hacia quienes han dedicado parte de su vida a trabajar por lo comunitario sin mancharse las manos. O en la diferenciación manifiesta entre unos premios (o castigos) y otros. 

Y ocurre que, al subvertir el funcionamiento para los que fueron inventados y construidos los sistemas, éstos se descolocan y pierden fuerza y operatividad. Es algo parecido a como cuando le das (al mismo tiempo) órdenes distintas al ordenador, que lo vuelves loco y se bloquea. 

Del relativismo moral, mejor no hablamos. El relativismo no tiene nada que ver con el respeto a todas las opiniones, simplemente es un truco para no pronunciarse hasta el final, cuando la suerte ya está echada. Y así no hay protección para quien la necesita, ni personas que la ofrezcan. Ni arbitrios objetivos. Y si los hipotéticos árbitros no arbitran, ¿para qué los queremos? Es mejor no tenerlos. Al menos no existirán algunas respuestas equivocadas. 

Pero sin árbitros objetivos que moderen las opciones particulares, todo se vuelve subjetivo, radical y fantasma. Ay, los humanos...Perdemos derechos, en muchos casos, por no ejecutar nuestros deberes, perdemos democracia por no ejercerla en todos y cada uno de los órdenes de la vida. Perdemos instituciones válidas e eficientes por no enfrentar como sociedad civil, aquellos momentos o decisiones erróneas de ellas, atrapados dentro de una mirada absoluta de confianza (real o interesada) en las mismas, no siempre justificada en el mayoritario quehacer de su trayectoria. 

Que duda cabe que cada individuo es insignificante en el conjunto del universo, pero no hay duda en que en su ser y hacer individual está el embrión de todo lo colectivo. Sin lo primero es difícil lo segundo. Y una sociedad no mejora, si cada uno de los individuos no lo hace. Así de difícil.

Carmen Heras



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