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Lo que somos y no somos quienes escribimos artículos

13 de Septiembre | 13:22
Lo que somos y no somos quienes escribimos artículos
Después de un largo periodo de descanso, reflexión, lecturas, relecturas, investigaciones, y demás, es hora de retomar la actividad columnista de este diario, El Correo Extremadura. Quiero renovar temporada no con un artículo más, sino con un artículo menos. Es decir. No quiero lanzar una furibunda opinión sobre esta materia, ese hecho irascible que pasa desapercibido; ofrecer un punto de vista humorístico, irónico y optimista sobre ese mismo hecho irascible que pasa desapercibido; comentar, analizar, alabar la labor artística de esta o aquel. Una tarea rutinaria, yugo pesado al que te sometes, y que por fortuna se convierte en una obsesión, en un instinto primario, en un impulso irrefrenable. Piensas sobre algo que te rodea, te quedas dándole vueltas al pasaje de determinado libro; te llama la atención una frase que oyes en el bus; conversaciones en la mesa de al lado mientras sorbes el café; ves un documental; riegas las plantas y de pronto se te pone a hablar el geranio… Temas que brotan constantemente y a los que accedemos los que acostumbramos a escribir una columna cada semana o cada dos. Es un vicio que te atrapa, un lícito deseo de expresar tu opinión, porque tienes la suerte –y no otros- de contar con una columna, una sección, en un medio respetuoso, para poder soltar tu pensamiento. Ya no con el fin de que te lean –es maravilloso que lo lean, y gratificante que te aplaudan, doloroso que te insulten, útil que te critiquen- sino con el objetivo de percatarte, y hacer que el resto también se percate, del tesoro que poseemos: una democracia, un sistema de libertinaje –nunca tendré los arrestos de hablar de libertad en una democracia como la nuestra-, que te permite decir lo que piensas, aunque no te asegure la suerte que puedas tener de que la respeten o no. Por ello, quisiera en esta tribuna comentar algunos artículos que publiqué y que me llamaron la atención, defendiendo así la tarea harto peligrosa de quien expresa su opinión en un diario, en este caso digital –y no hablemos del riesgo que corren intelectuales de talla, escritores de renombre-. Como dijo aquel, los escritores que firmamos una columna periodística somos eso, escritores, autores, firmantes, y no buzones de sugerencias, cajas de quejas, plumas destaponadas goteando tinta para que alguno nos coja y escriba a través de nosotros. El escritor no es escribano, ni mucho menos político. No es una enciclopedia Espasa andante a la que consultar con el deseo de obtener siempre una respuesta. No somos eruditos ni repelentes. No tenemos que soltar lo que llaman “palabras difíciles”. (Ciertos y ciertas tienen un baremo en su cajonera según el cual el buen escritor debe escribir un cierto número de “palabras difíciles” para escapar del montón). Ni mucho menos somos sabios, rabinos y ateos. Ni que decir tiene que seamos “raritos”, entendiendo por “rarito” lo que para cada uno sea “rarito”, que tal vez pretenda significar pasar ratos libres leyendo, involucrarse en temas intelectuales y no tanto en los escaparates táctiles que son los móviles, ni mucho menos escaparates al que asisten compulsivamente los necios del consumismo y el gasto innecesario, sin más ocupación cerebral que la de suplir vaciedades abismales con bienes materiales, para después asistir a clases de meditación, yoga o chorradas para acuclillarse en el suelo y estrujarse el escroto (y pagando, por supuesto); amantes del silencio, soledad, pensamiento; extrañas maneras de mostrar el sentido del humor, no muy comprendido por el entorno… En fin, muchas veces me han clasificado así, metiéndome en este cajón de sastre de la sociedad, el cajón de los “raritos”, un piropo y no tanto una impertinencia o un fendiente lanzado por los vasallos del “pensamiento único” e irrespetuosos, demostrando nula sensibilidad y falta de conocimientos ante quien tienen delante. Nada que esperar en quienes absorben sin discernir lo banal de la calidad, lo simple de lo elaborado, esos gags cómicos inmaduros, sin mérito, diseñados para arrancar la carcajada fácil; como lo que puede verse en programas de diversos canales (los pésimos humoristas de La Sexta, el plúmbeo Club de la comedia, la parodia sin esfuerzos mentales tipo La que se avecina, Allí abajo, sin citar la serie de películas españolas que están siendo éxito de taquilla y que son bautizadas como la maravilla de la actualidad). Que nadie nos hable con más altura o solicite ver cosa desacostumbrada para nuestras neuronas. Y el vulgo –para no hablar en general, pues hay muchas excepciones- se cree con el derecho de atraparnos en sus redes para escribir a merced de sus necesidades. Como comprenderán, no. No, no y no. Algún que otro puede doblegarse a ese deseo. Contar chistes en sus tribunas, soltarte un monólogo para hacer la gracia. Es el escritor que se prostituye. Por suerte, contamos con otros que se resisten al proceloso maremoto y siguen a lo suyo. Si te leen bien, y si no, también. Nos lean o no seguiremos escribiendo pues, contra lo que  piensa ese vulgo, los escritores, no es necesario que aborden una columna, escriben en primer lugar para sí mismos –quien lo contrario diga, creo, no está actuando con bonhomía y franqueza-, satisfaciendo un deseo natural, que es el de escribir, una ávida necesidad por contar; y en segundo lugar, está el público lector. ¿Cómo encajar esta idea para que la lean, para que sea aceptada? Y es cuando, señores, llega la autocensura. Sí. ¿De verdad se debe consentir que en una democracia, insisto, sistema de libertinaje, un escritor, y demás artistas, se deba autocensurar? La autocensura es acaso lo más importante en la tarea de juntar letras antes de enviar nada a redacción. La autocensura corroe la imaginación dado que ejerces tu tarea no sin cierto recelo, pavor, mirando al horizonte para comprobar que los ciudadanos no hayan levantado un paredón en el que ultimar tus horas. La autocensura paraliza tus dedos, te hace llorar, lastima tu instinto, tu impulso creativo. Todo por culpa de los cerriles mercenarios, los guardianes de la moral. Se parecen a ese maestro que te riñe por todo, que te castiga por mirar hacia atrás, o fijarte en la ventana, por no colorear una lámina con el color adecuado, ya me entienden. A propósito de lo que acabo de exponer, el primer artículo del que quiero hablar es el titulado “¡Arriba con ella!”, con una imagen de la Virgen de la Soledad, tribuna en la que narré el episodio de la estampida del Viernes Santo por un golpe imponente mientras llevaban a la Sole por la Plaza de San José. Yo no critiqué el libre derecho a pertenecer a una Cofradía, a pagar unas cuotas, a adorar una imagen inerte y vestidísima y ataviada, con más collares y joyas que Carmen Polo. No. No me metí en esos berenjenales. Simplemente narré el episodio. Y tampoco pretendí ridiculizar a la Patrona de Badajoz llamándola “La Sole”, pues innumerables veces pude escuchar cómo cofrades, sacerdotes de la ermita, beatas y beatos la llamaban de esta forma, un apelativo cariñoso. Sin ser estas mis intenciones, mi correo electrónico se infectó de denuestos, juramentos, vocablos en arameo, me paró por la calle algún que otro vecino, que antes no me saludaba, para recordarme, con educación, que todo pacense debe respetar y honrar a su Patrona –ya saben, esa todavía mente cerrada, medieval, sin aspiraciones ni muchas luces-. Que cómo pude haber dicho esa ristra de blasfemias. ¿Pero qué blasfemias he escrito yo, si puede saberse? Las cosas claras: que le molesten a unos pocos que servidor, que no suelta la pasta en esa ermita, para mantener a unos cuantos cofrades barrigones, embrutecidos y seguir el negocio; se ponga a escribir cosas de la Patronísima, no es mi problema. Allá cada uno y su estupidez innata. Por supuesto, sonreía a todas estas acusaciones. Después de este artículo, llegaron otros más, que también se ganaron lo suyo. Por ejemplo, “Despilfarremos”, criticando el derroche económico del Ayuntamiento de Badajoz para la celebración de la gala de los Premios Ciudad de Badajoz y la inexistencia de un galardón para la categoría de Teatro. Tampoco es esto muy patriota, por lo visto. Y Sospecha”, en el que comentaba la corrupción universitaria, los que se pasean con la cabeza alta y que poseen un lado oscuro que no puede ver la luz. También irritó a un grupito –que consiguieron delatarse-, y en esa línea, “Hablaréis pero no diréis”, utilizando la cita de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca contra el general Millán-Astray. Episodio que empleé para denunciar la pésima dicción del profesorado universitario, esos profesores que ni idea tienen de hablar en público, que desconocen el vocabulario, que se expresan erróneamente durante una hora, y que llegan a fatigar los oídos de los alumnos que, en un futuro, hablarán igual que ellos o peor. Y que conste, también ensalcé a quienes están bien formados en su terreno científico y lingüístico. Aun así, también saltaron algunos. Por suerte no contesto a la mayoría de mensajes. También me llamó la atención el de “Profanación”, que es lo que me parece que el Teatro López de Ayala acoja anualmente la ineludible cita de las murgas del carnaval pacense en un recinto sacrosanto como es un teatro. Olvidé que muchos de los que levantan a la Patrona después se pasan a levantar el cubata, y a desfilar en la comparsa, y a quienes antes les enajenó el de La Sole, luego les molestó el de la profanación, opinión mía a fin de cuentas, que quise exponer libremente. Tampoco se puede. Y en último lugar, una tribuna especial que gracias a la polémica no pretendida, tuvo éxito de lectura, rulando entre móviles y dispositivos digitales. Leído y requeteleído. Hablo de “Familia, carroña de buitres”. Una de las muchas columnas de ficción que escribo, sin especificar nada, con la intención de que todo aquel que la lea pueda sentirse identificado o, por lo menos, pueda identificar a su amigo, primo, quien sea. En esa tribuna relaté la tragedia de una familia un tanto particular, en boca de mi amigo Prudencio, en una cafetería. Los exaltados y escocidos no cayeron en un detalle, que es el más importante de la columna, y se encuentra en el último párrafo. Prudencio se fue sin pagar, me encasquetó la cuenta. ¿No es este el colofón de la tragedia? Para mí, por lo menos. Con respecto a este último artículo quiero reivindicar lo siguiente: el artículo de opinión es una creación literaria y artística que existe en el mundo de la Literatura desde Larra (Vuelva usted mañana), Gómez de la Serna, Azorín, Unamuno, hasta Umbral, Delibes, Juan Marsé, Manuel Alcántara, Juan Goytisolo, Carmen Laforet, Ana María Matute, Gironella; firmas latinoamericanas de la talla de García Márquez o Vargas Llosa; pasando por dramaturgos con aportaciones también considerables, como Francisco Nieva, Manuel Martínez Mediero, Miguel Murillo, Miller, Arrabal, etcétera; y contemporáneos como Javier Marías, Pérez-Reverte, Almudena Grandes, Javier Cercas o Rosa Montero. Todos ellos han participado y participan en una creación literaria semanal, en general, por lo que quiero defender la permanencia de este género literario, que es el del artículo de opinión, el respeto y consideración que se merece, y beneficios que provoca a partes iguales: al creador, por permitirle el lujo de mantener la mente activa y en constante renovación e innovación, obligándole a tener una disciplina, lo más importante para levantar una obra; y al lector, por poder conocer los pensamientos e ideas de un escritor sin esperar a la publicación de una novela, al estreno de una obra de teatro, o a la lectura oportuna del libro que descansa en el anaquel y que no está destinado a ser leído. Así y todo, el escritor en general y el articulista en particular, se enfrenta a otro grave problema: el de los aludidos. Bien puedes inventarte un episodio sin pies ni cabeza que habrá quien se ofenda, crea reconocer parte de su personalidad en el personaje, o, ya puestos a decir gilipolleces, se sienta insultado al leer una parodia de una historia que te haya contado anteriormente. (Espero que no lean, entonces, la novela Lluvia fina, de Luis Landero). Y ahora digo yo, en nombre de los que se dedican a esta digna afición de dar por saco: 

<juntaletras, lo deba trasladar al papel porque tu historia, la tuya, y no la mía, merece un best-seller? ¿Crees que tu crispación y tu aire azorado van a repercutir en mi actividad o a afectarme emocionalmente? ¿Crees que debo acobardarme ante tus amenazas? ¿Consideras oportuno molestarte en increparme, amordazarme, amedrentarme? A mí no me amilana nadie, que para eso soy dueño de mis pensamientos y de mi opinión, y a ellos defenderé por encima de todo. Y a ti va dedicada esta columna, rijoso egocéntrico y paranoico. No te dediques a leer, no vayas a sentir que Cervantes se basó en ti para crear a su insigne hidalgo. Ahórrate tus aires de chulería y donaire, tu caminar henchido de probidad y gentileza, como si estuvieses repartiendo justicia y poniendo a cada uno en su sitio. Pues solo estás consiguiendo que el escritor al que intentas aplastar se tronche para dedicarte, ahora sí, una tribuna basada en tu ridícula y simple personalidad. Para mojar su pluma en tu alocada manera de actuar, pueril actitud, para así enseñarte, dado que lo desconoces, de lo que va esto, y de lo muy poco que nos importa. Si no le interesas, arquetipo del defensor de la ética y de la moral, a Pérez-Reverte, que tiene muchos más enemigos que un humilde autor como yo, ¿crees que voy a abandonar mi tarea, mi gentil y placentera tarea, de colaborar en un medio periodístico digital que tan gustosamente me recibe, con profesionalidad y entrega? Métete el rabo entre las piernas y camina hacia el callejón, y escóndete en el contenedor de la basura, que es el lugar al que pertenecéis tú y toda la calaña de los aludidos, ofendidos, irritados, y que encorsetáis algo tan trascendental como un artículo periodístico. Ya está bien de tanta ignorancia y tanta osadía. Basta. >>

 


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