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Opinión-Editorial

La República de la alegría

18 de Enero | 11:28
 La República de la alegría
Un amigo me ha recordado un viejo texto de Ortega y Gasset. Se trata de una conferencia, titulada “Rectificación de la República”, que impartió el filósofo en Madrid, en 1931, a los pocos meses del triunfo de la Segunda República, y en la que (previendo, quizás, la que se avecinaba) llamaba a la unión de las fuerzas políticas para “organizar la alegría” que la República y su sueño de regeneración había traído a los españoles. 

Esa alegría de 1931 tal vez sea parecida – comentaba mi amigo – a la que invadió el Congreso el pasado miércoles en la ceremonia de juramento de los nuevos diputados (nuevos en torno al sueño viejo, ay, de cambiar este país). No solo se renovó la mayoría de la cámara, no solo eran más jóvenes, no solo parecían distintos; más allá de eso, representaban (con plena consciencia de hacerlo) una corriente de aire fresco y autenticidad, de verdadero poder popular, en ese escenario de opereta ajada y huera que parecía, junto a ellos, el Congreso. Voces, risas, lágrimas, niños que pasan de brazo en brazo, ropas esparcidas por los escaños, actitudes naturales, gente que quiere hablar y no solo repetir fórmulas sagradas... El miércoles entró en tropel la vida en el Congreso de los Diputados, con un repeluco de emoción y felicidad en muchos, yo creo que en la mayoría, aunque algunos se resistieran a mostrarlo y otros sintieran esa tremenda corriente de vitalidad como una segura amenaza.

Por eso – y por lo que la alegría tiene siempre de revulsivo social – se desbordó en seguida la reacción, el escándalo y el miedo, a través de sus gárgolas mediáticas, esparciendo mala baba por platós y periódicos. Frente a esa alegría desafiante se revolvió como un toro herido la España cañí, la que ora y bosteza salvo cuando se aplica a sus aficiones preferidas: la burla hiriente, al sarcasmo bizarro, el insulto y la astracanada. Y no me refiero tan solo ni principalmente a la derecha cavernaria y sus histéricos esbirros mediáticos, sino también al destinatario de los mismos, al pueblo llano, que pese a recortes y abusos, ve a veces con el mismo miedo a estos jóvenes greñudos (que vienen – dicen – a poner todo patas arriba) y se aplica a nutrir el tópico de una España recelosa y criticona (que no crítica), siempre más dada a destruir que a construir.

Fue esa España profundamente mezquina y provinciana, alérgica a la alegría, la que habló por boca de Celia Villalobos – el extremo más populista y cutre del PP— de las rastas de uno de los nuevos diputados. Y la que movió a periodistas como Pilar Cernuda (y tantos otros) a centrar su análisis político en el mal olor o la pinta de esa plebe innoble (y amenazante, sobre todo amenazante) que ha ocupado el Congreso – curioso que no hablara, con la misma repugnancia, del olor a corrupción moral que deben desprender diputados tan sospechosamente indecentes como Gómez de la Serna o Mariano Rajoy –. Fue esa misma España envidiosa y patán la que desolló con deleite a la diputada Bescansa por aparecer en el Congreso con su bebe (tal como ha aparecido en todo tipo de eventos públicos antes de este), con el peregrino argumento – entre otros – de que estaba insultando a las mujeres que no pueden hacer lo propio – criar a sus hijos con apego (no guardados en guarderías) – en su puesto de trabajo. ¡Es decir: en lugar de alegrarnos con quien exhibe (y reivindica) los que para nosotros quisiéramos, le despellejamos vivo! ¡O todos moros, o todos cristianos! – dicen el rencor y la envidia –. 

Pero la crítica más general dirigida a los diputados de Podemos ha sido la de “montar el espectáculo”, la de “convertir el Congreso en un plató de televisión” (como decía el editorial de El País –antaño representante de esa alegría, también escandalosamente joven y melenuda, que prendió la transición, y hoy reconvertido en el periódico de la derecha moderada–). Crítica, como menos, curiosa, viniendo de los medios, es decir, de los mismos que producen el espectáculo que critican – y que venden a su audiencia – ¿Qué les impedía haber centrado sus crónicas en torno al discurso de López, o a cualquier otra cuestión, en lugar de en el bebe de Bescansa?... Y además. ¿A qué han de ir los diputados al Congreso si no es a escenificar y representar todo aquello por lo que han sido votados (la conciliación de la vida familiar y laboral, la cercanía del poder con la gente, la erradicación de las castas políticas...)? ¿Qué hay de malo en considerar el Congreso como un plató de televisión? De hecho, hace muchos años que ese viejo edificio (que fue diseñado como un teatro en una época sin televisión) es un plató al que los españoles solo nos acercamos a través de las cámaras. ¿No será que lo que molesta a los políticos y los periódicos tradicionales es el dominio de los nuevos medios de representación que muestran estos jóvenes impertinentes? La queja de muchos políticos y periodistas al cariz televisivo que tienen los actos de Podemos recuerda la queja de un viejo actor de cine mudo al que amenazara la aparición del sonoro. La política es un juego escénico; siempre lo ha sido, y más aún ahora, en que no hay casi más mundo real que el de la escena virtual y mediática. Y los de Podemos, como no podía ser menos en gente joven y preparada, dominan a la perfección – para irritación de muchos – el medio, y el mensaje.

En fin: ¿que quiénes se han creído que son estos descastados de Podemos? Les dijeron, cuando acampaban en las plazas del 15-M y rodeaban el Congreso, que madurasen y fundaran un partido político. Ahora que lo han hecho, resulta que son unos osados petimetres inexpertos, financiados, además, por Irán y Venezuela (algo más digno de un argumento de Mortadelo y Filemón que de un analista serio). ¿En qué quedamos, entonces? Como diría Sor Juana Inés: hacedlos cual los queréis, o queredlos cual los buscáis...

Por suerte para ellos mismos, estas peligrosas huestes chavistas de algún ayatollah antisistema, listas como el hambre (como el hambre de poder), han tomado a la sonrisa como lema y han persistido en una alegría que va siendo contagiosa y que no parece que, de momento, se vaya a truncar. Quieran o no las viejas élites, estos jóvenes rastalludos están destinados, antes o después, a dirigir este país (o lo que quede de él).

Porque alguna vez, no sé si en la próxima III República, o en la XX, alguna vez, digo, tendrá que ganarnos la mejor de las españas, la que piensa en vez de embestir, la que dialoga en lugar de gritar, la que construye y propone en lugar de destruir y criticar. La España que, entre otros grandes españoles, representó y soñó Ortega y Gasset. Y un síntoma inequívoco de que esa España vuelve a ser posible es esta nueva y vieja alegría. La misma que, como lloraba en la cárcel Miguel Hernández, hay que seguir defendiendo, con una sonrisa, pluma por pluma. Para que dure. Para que nos libre de lo peor de nosotros mismos.



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