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Opinión-Editorial

Recordadme

18 de Enero | 10:38
Recordadme
Empezando por el hecho de que durante muchos años hemos necesitado una lápida, el ser humano nunca se ha resignado a desaparecer del todo. Queremos permanecer en el recuerdo, y ese propósito se agrava con los años.

Los cementerios han dejado de ser lugares de culto al desaparecido, ya que cada vez hay más personas que quieren ser incineradas y vertidas en algún lugar significativo. El margen de maniobra para dejar nuestra impronta es limitado ahora. Sólo podemos aspirar a que nos recuerden los vivos por anécdotas y por frases; y por el cariño que les procesamos en el pasado.

Lo que diferencia al Hombre de los animales no es la inteligencia, es el deseo de seguir existiendo. Una actitud totalmente irracional si piensas en qué quedará de nosotros cuando no estemos. Los grandes emperadores y los faraones no querían dejar este mundo sin levantar un monolito, una pirámide o una estatua en su honor. Vivían casi exclusivamente con el propósito de ser recordados, y que sus actos fueran fruto de leyendas y cantos.

El común de los mortales debe conformarse con que su esencia permanezca de una forma mucho más sencilla. Algunos no sienten ese agobio de dejarlo todo y ya está, y probablemente sean más felices; pero hay quien siente la obligación de permanecer aun después de muerto.

Quizás sea muy agorero relacionar este sentimiento con los abuelos, pero cuando llegas a una edad empiezas a preguntarte sobre qué dejas al mundo. Y sobre todo, si te ha pillado un poco el toro, de qué forma lo dejas. Los nietos son una forma muy efectiva de quedarte un poco cuando ya te has ido. No se trata de enseñar ni educar -de hecho siempre se dice que los abuelos malcrían, para bien-, se trata de transmitir un legado personal, de plantar un germen en otra persona para que tú sigas viviendo de algún modo. Es cariño, es amor, es responsabilidad adulta, pero también es un instinto de supervivencia. Etérea, pero supervivencia.

Una canción, una frase, un gesto... a veces voluntario o a veces involuntario. Todo vale para que se siga hablando de ti en las reuniones. No es egocentrismo, para nada, es puro sentimiento existencial.

La vejez va enlazada a la niñez de muchas maneras, algunas más alegres que otras, pero todos los principios y finales están conectados. Es un círculo, un ciclo en el que sientes que dejas paso a los pequeños, pero quieres mostrarles el camino y que recuerden quien se lo mostró.

Por cosas de la vida, sólo conocí a uno de mis abuelos, y murió cuando yo era pequeño. Cuántas cosas me perdí y cuánto cambiaron mis circunstancias por crecer sin abuelos. Cuentos, caricias, largas charlas, etc. Me causa tristeza saber que no tuve todo eso, pero me apena aún más el hecho de que ellos no pudieron prorrogarse mediante mí. Aunque tuvieron hijos y otros nietos más mayores, ese pedazo de salvoconducto de recuerdo que pude ofrecerles yo, hizo que desaparecieran -aunque ya no estaban físicamente- un poco antes y un poco más.



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