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Opinión-Editorial

Opínate encima

3 de Mayo | 12:35
Opínate encima
Puede resultar paradójico que desde una columna de opinión se pueda escribir lo que estás a punto de leer. 

Internet tiene una cosa buenísima: todo el mundo puede hacer llegar su opinión a los demás; pero tiene una cosa malísima: todo el mundo puede hacer llegar su opinión a los demás.

Ocurren cosas, sucesos que hacen tambalear los cimientos de nuestra sociedad. Ya sabéis, hablemos de una actualidad cualquiera. Matan a un niño, violan a una chica, una política miente y roba... de todo. Y de repente sentimos la imperiosa necesidad de soltar todo lo que nos hierve por dentro —me incluyo, claro—; como una diarrea etérea mezclada con los almizcles de nuestra ideología, esa que nos impide ser objetivos. Tenemos la herramienta, así que la utilizamos. Vas a tu red social de cabecera y lo vomitas. Puedes que tengas razón, puede que no, pero siempre habrá quien piense distinto a ti. Veamos: has escrito esto desde las tripas, con una lógica que a ti te parece demoledora, basado en bulos e informaciones antiguas o distorsionadas y te ha salido un detractor. “Vaya, pero si es Pepe González —nombre inventado o no—, el que estuvo conmigo en clase. No sabía que era fachilla —o rojillo—.“. Y en tu gran torre de marfil de líder de doctrina política, social y jurídica, te llevas la sorpresa de tu vida. Pero en ningún momento vas a pensar que estás equivocado, porque ¿cómo vas a estar equivocado si el que piensa distinto a ti es el otro?

La ley Godwin dice que si alguien argumenta su discurso utilizando a los nazis, ha perdido la discusión —no es exactamente así pero me permitís la licencia—. Propongo la ley Cuneta/Paracuellos. Esto quizás no esté directamente relacionado con la temática del artículo, pero es que al final mucho Internet pero seguimos con las dos Españas. Qué cruz. Si hasta las dos Coreas han hecho las paces.

Lo que me resulta curioso es que determinadas opiniones siempre van relacionadas a un tipo de perfil. Somos así de simples: el que critica el nacionalismo es el mismo que critica nosequé y así. Tampoco voy a dar muchas pistas que no quiero que se me ofenda nadie. 

Sigamos con las discusiones de bar 2.0. Con la salvedad de la comodidad de tu hogar, el tiempo ilimitado y la capacidad de corregir y editar tu alegación. Sin una reciprocidad inmediata de tu interlocutor. Sin una ceja levantada que te advierta de que vas por mal camino. Sin un interlocutor claro porque tu objetivo es el Universo. Sin un timbre o un tono de voz que matice lo expuesto. Y vienen los disgustos. “Pepe González ahora es tu enemigo en Facebook”; “Joder, ¿cuándo han implementado esta función”. Y Pepe es el malo, porque tú sólo has emitido tu parecer, que por cierto nadie te ha pedido.

En cierto modo nos obligamos a posicionarnos ante cualquier tema. Si la tecnología me lo permite será porque debo hacerlo. Pero no, la tecnología te permite informarte bien, saber si lo que estás leyendo viene de una fuente fiable, si no hay injerencias políticas, etc. Y quizás, luego, dejar tu opinión. Que se perderá en el futuro en un mar de letras que no servirá para nada. Para pelearte con Pepe. Y encima te extrañas.

Todos somos esclavos de nuestras palabras y lo que sigue —dueño de nuestro silencio, venga—. No te sientas obligado a que los demás sepan tu valoración sobre algo. Hay que sopesar si de verdad lo que escribas cambiará, beneficiará o perjudicará a la causa o a ti mismo. Nadie está esperando a la puerta de tu casa “ a ver qué dice el tío este. ¿Está con nosotros o contra nosotros?”

Puede que tus palabras digan cosas de ti que no sean verdad porque al fin y al cabo todos somos víctimas de la exposición social en redes.

La privacidad en Internet está en el candelero y sin embargo tú expones tu alma sin ser siquiera ella. Porque se escribe creyendo saber. Os lo dice uno que se compró una Power Balance. Es mentira, pero quedaba bien como final.

Los nazis sí que eran malos, ¿eh?



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