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Sebastiana le pone un "punto y seguido" a Rogelio

22 de Octubre | 13:14
Redacción
 Sebastiana le pone un
—Sebastiana, he visto la muerte muy de cerca y no quiero irme con este secreto, he de confesarte que yo...
 
Yo, yo, mi Rogelio se quedó atascado lo mismito que el motor del "cuatro latas" de nuestro vecino Venancio. Su voz tosca se fue apagando y su boca hacía movimientos extraños. Arriba y abajo, abajo y arriba, de lado y de medio lado torciendo el gesto, sus labios se movían sin emitir ningún sonido. Miré a mi Rogelio y en medio de aquél mar de lágrimas por el muerto sonó el trueno de mis carcajadas. No sé si fue por mi desesperación, por mis nervios, o porque con su traje de pana negro y la boina calada en lo más "jondo" del cerebro me recordaba al Macario, el muñeco de José Luis Moreno.  Lo cierto es, que se me vino la imagen de aquel muñeco que hacían hablar con la mano metida en el culo, solo había una pequeña diferencia, Rogelio tal vez por desgañitarse intentando salir del ataúd se había quedado de repente mudo.
 
Tras las primeras impresiones y las primeras risas un hervor de rabia me subía por el balcón de mi pecho prominente, otra vez tenía que esperar para saber que se callaba. Pensé en recurrir de nuevo a mi amiga Romualda la "Punto y aparte", pero visto lo visto ni el brebaje "cagalero" ni el Kent desmejorado, habían surtido efecto en mi Rogelio. Clamé enfurecida a la providencia y está, temerosa de mí, me mandó la solución en forma de oscura vestimenta y oscuro personaje. Un hombre vestido de negro de pies a cabeza entró por la puerta a certificar la muerte del muerto. Se trataba de Don Eustaquio el médico del pueblo, más conocido como el "Punto y seguido", porque después de visitarle y probar sus métodos había dos opciones: te daba matarile o cosa rara y que apenas acontecía, continuabas con vida. Se rumoreaba de él, y cuando en río suena agua lleva, que había comprado el título en una timba de póquer. Don "Punto y seguido" perdón, Don Eustaquio, se afiló los bigotes negros y me echó una mirada descarada al "tetamen" miestras me saludaba. Le brillaban los ojos negros de lascivia y ese brillo me sirvió para encender la luz de mi bombilla, ya sabía cómo solucionar la afonía de mi Rogelio.
 
Le dejé descansar un mes por si acaso se producía un milagro y también, para que repusiera fuerzas. Le preparé en esos treinta días calditos de gallina vieja, guisos de ternera, tartas de frambuesas; todo lo mejor para mí Rogelio que seguía como el Macario esperando tener voz a través del amo y su mano por el ano. Rogelio seguía mudo, no me quedó otra opción que pedirle cita para Don Eustaquio. 
 
Agarré mi bolso tan negro como el matasanos y le eché con alevosía un elemento nuevo, una pequeña barra de madera que ya sabrán luego para que era su uso. Le puse mi mejor cara a mi Rogelio y le prometí que si íbamos al médico esa noche habría mambo, accedió a regañadientes con los cuatro dientes que le quedaban y cogidos de la mano, por si se me escapaba, fuimos a la consulta del "Punto y seguido".
 
Tras una hora de espera desesperada por fin nos hizo pasar. Le expliqué el problema y tras varias impresiones decidió pasarlo por rayos X. Don Eustaquio mandó desnudarse a mi marido de cintura para abajo, pero éste en su principio de sordera desde que le puse la música a toda pastilla, se quedó en pelota picada. Qué poco ganaba mi Rogelio con ropa, pero sin ella era para echarle de comer aparte. Le colgaba todo, lo único que tenía recogido eran los huevecillos, se olerían algo...; en fin sigo. Don Eustaqio metió a mi marido en la máquina y en la consulta se sobrevino el fin del mundo. Las paredes temblaron, la luz parpadeaba, el ruido retumbó por todos lados y tras media hora mi Rogelio salió de la máquina con un extraño color verde, parecía la versión marciana del Macario. 
 
El médico no vio nada significativo y tras darle la patadita por debajo de la mesa, preludio del sobre con el que le pagaría el siguiente encargo, le dijo a mi Rogelio que tenía un método nuevo e infalible. Algo novedoso, indoloro, inocuo y eficaz al máximo para recuperar la voz de nuevo: anestesiar la ingle y darle corriente en los huevos. Fue entonces cuando, haciendo caso a los rumores de los falsos calmantes de Don Eustaquio, saqué la barra de madera y se la di a mi Rogelio con la excusa de calmar los nervios. Lo tendió en la camilla, le puso dos pinzas de una batería de coche en el escroto, lo miró con pena y procedió con el infalible método. 
 
Lo que pasó a continuación no se me olvidará en la vida. Un olor a "pestorejo" empezó a inundar la sala. Los cinco  pelos de los cojones de mi Rogelio estaban "churruscados", la piel del escroto como un filete pasado y los huevos, ¡ay los huevos!, cocidos y pelados. Observé el reguero de sal que mojaba la barra de madera y el odio visceral que la acompañaba. Sebastiana, me dije, esta vez has llegado demasiado lejos. Con esos métodos comprendí en todo su esplendor porque lo llamaban el "Punto y seguido".
 
Mi Rogelio necesito una hora para recuperarse y otra más para permitir que los calzones le tapasen la zona maltrecha. Miró al médico, me miró a mí y dijo con su voz de pito: —Sebastiana, me has llevado de crucero y me diste un brebaje donde baile el "racatanga" en la pista y en el baño. Me han pasado cosas raras y me he sentido hasta morir en un entierro, pero esto último ya no te lo permito. Sabes qué, ¡qué ya no te lo cuento!
 
Fin.
 
©María Martínez Diosdado.


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