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Sinónimo: ventura y aventuras de un auxiliar administrativo

15 de Febrero | 11:04
Sinónimo: ventura y aventuras de un auxiliar administrativo
Todo tiene su explicación. Comenzó la andadura una mañana cualquiera, de esas invernales en las que no existe la variación ni la originalidad, en las que el gallo es el reloj despertador enchufado al lado de la cama y lo que desentona en la quietud del mundo es el arrastrar de las zapatillas de la marca “panda”. Esas mañanas de funcionario donde los exiguos esfuerzos por llamar la atención se atenúan y acaban declinando para ofrecer a la vida esa condición de que todo “sale como debe salir, porque nada me puede salir como yo no tenía pensado que saliera”. Esa vida tan característica de funcionario, vaya. Porque él lo era, que no se le olvide jamás, todos lo sabemos. De hecho, a juzgar por su estilo a la hora de colocarse las gafas, de limpiar meticulosamente la pantalla de su teléfono y de tirarse dos horas y medias con el café a micro-sorbos en esos ratos libres eternos para descansar la vista y el cerebro, denota su vida pasada de la que tiene el propósito de olvidar y de que todos olvidemos. Pero todos, insisto, todos, sabemos que fue funcionario. Pero yo aquí defiendo el inicio, y ese mayúsculo cambio consecuencia de una minúscula hazaña. 

Esa mañana gris, gélida, como las demás, se incorporó en su camastrón de cinco edredones, sin poder entreabrir siquiera los ojos porque las legañas actuaban como grapas para sus párpados, y tras notar la garganta seca y carrasposa, decidió hacerle la rutinaria visita a Roca. Pero no miccionó como todos los días. No. Bajó la vista y se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era “mear”, literalmente. Había meado con la misma sensación de todos los días, en lugar de miccionar. No comprendía nada en absoluto. No toleraba en ese momento ni para el resto de la jornada que no hubiera miccionado sino “meado”, como cualquier ser denigrante y decrépito puede hacer, como lo hacen los vagabundos al despertarse por la moto del repartidor de periódicos. Y ello fue lo que le impidió mantener impoluta y reflectante la pantalla de su móvil. Cometió la osadía, por añadidura, de no ordenar los papeles que le habían firmado el lunes al mediodía. Y estaba a jueves. ¡A jueves! El día justo en que solía hacer las llamadas pertinentes a los contactos de la agenda. Y aún no lo había hecho. “¿Qué estás haciendo?” Le inquirió uno de los administrativos, tan idéntico a otros como lo son las mañanas de invierno y un poco las de primavera; conformando aquella oficina, y tantas otras, un bosque homogéneo sin matorrales ni otras especies sobresalientes. A la pregunta que el administrativo le hizo, le espetó un dardo en toda regla: “Meando”. Fue una sorpresa en aquel habitáculo donde lo más parecido al trinar de los vencejos era la impresora, más activa y despierta que todo el edificio de gorriones administrativos, auxiliares y ordenanzas de oposición. Él mismo no pudo contener la impresión, y esbozó una sonrisa involuntaria, impropia de él. No fue necesario despedirse amablemente de los compañeros al firmar en el papel del mostrador a las dos de la tarde porque ninguno de sus semejantes de raza hizo intento de desearle un buen día y decirle “hasta mañana”. 

En su casa, como siempre hacía antes de calentar en la vitrocerámica la comida cocinada la noche anterior, volvió al servicio a, según creía él, miccionar. Pero nuevamente se dijo así mismo: “Por Dios, qué ganas tenía de mear”. En el café de la media tarde se tomó un potente somnífero que le mantuvo traspuesto y ausente hasta la noche. No podía soportar por más tiempo el hecho de que en su vocabulario técnico y administrativo cupiera la palabra “mear”, tan desconocida para él, y cuya acción jamás había ejecutado. Toda la vida de Dios, declarado por sus vecinos, aquel funcionario había miccionado. 

Lo peor estaba por llegar. La mañana siguiente se permitió el lujo de bostezar una vez más. Pero eso no fue lo trágico. Lo trágico aconteció cuando le hizo la acostumbrada visita al váter, y tuvo la osadía de “orinar”. ¡Orinar! Uno de esos vocablos que creemos fino y recatado y que sin embargo resuena más basto y vulgar que otros. Una palabra que provocó en ese desamparado funcionario un gesto de asco y náusea. “¡Estoy orinando!, ¡Estoy orinando!” De esa guisa fue a hacerse el desayuno, riéndose de sí mismo pero a la par apesadumbrado y contrariado. No podía aguantar más cambios. ¿Cuándo volvería a miccionar, como lo llevaba haciendo desde que consiguió la plaza de auxiliar administrativo? Así que el desayuno transcurrió lento y triste por la añoranza que el funcionarito tenía a las micciones matutinas, y no a los “meos” ni a los “orines”.

El silencio y el hastío se adueñaron del vestíbulo del edificio en que trabajaba. Firmó a la entrada, y el ordenanza le increpó: “Estarás contento, ¿no? Hay que ver lo que dijiste ayer, por lo visto, según me han contado”. El funcionarito, debido al frío y a la humedad del exterior, notó la vejiga anegada y un dolor lumbar le obligó a no continuar la conversación, ni siquiera a pedir disculpas, y exclamó: “¡Voy a orinar!” El silencio fue sustituido por los insultos y los improperios. Lógicamente esa declaración a voz en grito no debía ser aceptada por nadie. Algo raro, inacostumbrado, le estaba ocurriendo: meara, orinara o miccionara, notaba la misma sensación, como un vaciado placentero de la vejiga, como un escalofrío que raudo le recorría la espalda, ese meneo de satisfacción que se confunde con frío repentino. Como estaba su cerebro programado para solventar los problemas del trabajo y resolver los acertijos del periódico, subió corriendo y sin mirar a los compañeros hasta su mesa. Se sentó e instintivamente quiso mirar un diccionario. Como es lógico, ninguno había en la oficina, así que buscó en Internet. El diccionario online, cada día, publicaba una palabra y debajo su definición, aceptada por la RAE. La de ese día, casualmente, era Sinónimo: Dicho de una palabra o de una expresión: Que, respecto de otra, tiene el mismo significado o muy parecido.

El modesto e inquieto funcionarito se abalanzó sobre la pantalla con la pretensión de devorar las palabras. Había descubierto su nueva realidad. Al instante entendió a la perfección que lo que le estaba sucediendo por las mañanas era síntoma de un ataque epiléptico-sinonimaníaco, según declaración del psiquiatra, que le cambiaría el rumbo de su vida hasta la eternidad. El diagnóstico psiquiátrico no andaba muy desencaminado: efectivamente, viró su destino. Para empezar, dimitió de su cargo, sin una gala de despedida, sin un homenaje entrañable como tampoco lágrimas irrefrenables ni pañuelos desplegados. El silencio se adueñó en su día de la entrada a la oficina como también lo hizo de la despedida final. Se atrincheró en su casa varias semanas, reflexionando. En esta ocasión, con entereza se dijo a sí mismo: “Da igual que miccione, mee u orine, a fin de cuentas he vaciado la vejiga. Querido, te has vuelto culto de repente. Puedo decir con orgullo que me cago en la puta madre de mis compañeros de trabajo o, si no quiero que nadie se ofenda ni me agreda, me cisco en su ramera progenitora. He hallado la libertad y la felicidad. Inicio una nueva vida hacia la imaginación. ¡Oh! Imaginación. Imaginación. I-ma-gi-na-ción. Qué lejos estás, querida plaza con tantos sudores lograda”. 

El funcionario, con esas canas que van peinando los sabios y el mismo gesto para ajustarse las gafas, y con sus meos, orines y micciones, mira con una especie de orgullo mezclado con melancolía la noticia del Premio Planeta a él concedido recientemente y termina de vestirse para una reunión como ocupante de un sillón en la Real Academia Española…



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